Sobre el campo cubano y sus habitantes se ha escrito mucho a través de los tiempos. Se ha escrito mucho; pero se sabe poco, en realidad. Me atrevería a afirmar que hay incluso cubanos que no tienen una idea del todo exacta de qué es un campesino. En este sentido –como en tantos- la revolución ha trastocado conceptos, pervertido significados y valores. En la ciudad de La Habana, por ejemplo, se le llama campesino a cualquiera que no viva en los contornos de la urbe. No importa si has nacido en otra ciudad o pueblo del interior y no has visto nunca un surco de caña. Eres un guajiro. Y este apelativo lleva con frecuencia una cierta carga despectiva. Con estos antecedentes, al gobierno actual de Cuba no le ha sido difícil despojar al verdadero guajiro cubano de su identidad y, sobre todo, de sus tierras. En ocasiones no se trata de un despojo en regla, aunque sí real. Sus propiedades han sido socializadas, lo cual lo convierte, de hecho, en un trabajador asalariado, tal como se hizo durante la colectivización soviética.Lo segundo que habría que decir del guajiro cubano es que un tipo humano en serio peligro de extinción. O más bien, que prácticamente ha desparecido ya, como tantas otras cosas de nuestro país. Los guajiros son, para decirlo con el lenguaje oficial, una “etapa ya superada del capitalismo y la pseudo república”. Actualmente, en la campiña cubana falta esa familia que la pobló durante siglos. Sin alicientes y sin tierra, el campesino ha emigrado hacia los pueblos u otras zonas urbanas, donde se ha desvinculado definitivamente de la producción agrícola. Ahí han muerto muchos de ellos, tristes y avejentados, añorando su finquita y su vida de antaño. Conozco el drama del campo cubano porque mis raíces están allí, en Melena del Sur. He visto desaparecer las cercas que marcaban las propiedades, y he visto caña de azúcar donde antes se levantaban los bohíos de los sitieros; he buscado en vano, a la vuelta de los años, las arboledas de frutales que crecían en terrenos donde hoy crece sólo hierba. Y ahora el mismo gobierno que los privó de sus tierras o su libre albedrío, los critica porque el campo cubano no produce alimentos. No sé al resto de mis compatriotas, pero a mí me entristece lo que ocurre con los otrora feraces campos de mi tierra. Feraces, productivos e incomparablemente bellos.







