martes 9 de febrero de 2010

El campo cubano

Sobre el campo cubano y sus habitantes se ha escrito mucho a través de los tiempos. Se ha escrito mucho; pero se sabe poco, en realidad. Me atrevería a afirmar que hay incluso cubanos que no tienen una idea del todo exacta de qué es un campesino. En este sentido –como en tantos- la revolución ha trastocado conceptos, pervertido significados y valores. En la ciudad de La Habana, por ejemplo, se le llama campesino a cualquiera que no viva en los contornos de la urbe. No importa si has nacido en otra ciudad o pueblo del interior y no has visto nunca un surco de caña. Eres un guajiro. Y este apelativo lleva con frecuencia una cierta carga despectiva. Con estos antecedentes, al gobierno actual de Cuba no le ha sido difícil despojar al verdadero guajiro cubano de su identidad y, sobre todo, de sus tierras. En ocasiones no se trata de un despojo en regla, aunque sí real. Sus propiedades han sido socializadas, lo cual lo convierte, de hecho, en un trabajador asalariado, tal como se hizo durante la colectivización soviética.

Lo segundo que habría que decir del guajiro cubano es que un tipo humano en serio peligro de extinción. O más bien, que prácticamente ha desparecido ya, como tantas otras cosas de nuestro país. Los guajiros son, para decirlo con el lenguaje oficial, una “etapa ya superada del capitalismo y la pseudo república”. Actualmente, en la campiña cubana falta esa familia que la pobló durante siglos. Sin alicientes y sin tierra, el campesino ha emigrado hacia los pueblos u otras zonas urbanas, donde se ha desvinculado definitivamente de la producción agrícola. Ahí han muerto muchos de ellos, tristes y avejentados, añorando su finquita y su vida de antaño. Conozco el drama del campo cubano porque mis raíces están allí, en Melena del Sur. He visto desaparecer las cercas que marcaban las propiedades, y he visto caña de azúcar donde antes se levantaban los bohíos de los sitieros; he buscado en vano, a la vuelta de los años, las arboledas de frutales que crecían en terrenos donde hoy crece sólo hierba. Y ahora el mismo gobierno que los privó de sus tierras o su libre albedrío, los critica porque el campo cubano no produce alimentos. No sé al resto de mis compatriotas, pero a mí me entristece lo que ocurre con los otrora feraces campos de mi tierra. Feraces, productivos e incomparablemente bellos.

lunes 8 de febrero de 2010

El mundo

La semana comienza (o termina, más bien) con nuevas imágenes de escombros, destrucción y muerte. Esta vez la desgracia ha mostrado su cara en una estación eléctrica en Connecticut, Estados Unidos. Según las agencias, hasta ahora hay cinco fallecidos, aunque se teme por la vida de varias personas más. En el mundo han ocurrido también dos elecciones, las de Costa Rica, ganadas por la candidata Laura Chinchilla, del oficialista Partido Liberación Nacional (PLN) y continuadora de la línea política de Óscar Arias. La otra cita electoral tuvo lugar en Ucrania, donde hasta ahora parece imponerse el ex-primer ministro Viktor Yanukovich, a quien la prensa occidental endilga el calificativo de pro ruso cada vez que se refiere a él. A mí, que conozco bastante bien al personal de aquella zona del mundo, me resulta mucho más auténtico que la damita vestida de blanco y con la trenza recogida sobre la cocorotiña, a la usanza –dícese- de la antigua Ucrania. Para quien no lo sepa, diré que ambos candidatos aprendieron a hablar ucraniano hace poco, que sus respectivas lenguas maternas son el ruso para el primero de ellos, y el ruso también –sí señor- para la nacionalista ucraniana, que es rusa de nacimiento. Aquí debo aclarar que cualquier semejanza con algún político del “estado español” es pura casualidad.

Pero el globo terráqueo no se detiene, y en su eterna carrera alrededor del sol nos sigue dejando noticias, malas demasiadas veces. Hay nevadas que sepultan coches en la costa oeste de los Estados Unidos, y ríos desbordados a causas de lluvias nunca vistas. A veces es la Naturaleza quien se lleva cientos de vidas humanas, como en Haití; otras son los hombres, que tratan de arrasar con sus congéneres en nombre de religiones o de exóticas ideas. Y de mí Cuba ¿qué? Pues nada. El empobrecimiento del país y las vicisitudes del pueblo no son ya noticia para lectores acostumbrados a emociones fuertes. El mundo, cansado de esperar, parece haberse olvidado de nuestra pequeña isla.

sábado 6 de febrero de 2010

Si no te quieren

Hace unos días recibí un correo de un amigo que me preguntaba si yo no había sido traducido y publicado en sueco. Le respondí que no, y después de haberlo hecho, reparé en que la respuesta no era del todo exacta. A principios de mi vida en Suecia salió a la luz un libro de relatos cuya traducción fue pagada con los fondos de una organización que se ocupaba de emigrantes sin empleo, refugiados, parias y otras plantas estériles que crecen en la periferia del jardín nacional sueco. Pero la edición no fue en lo absoluto comercial y el libro no se distribuyó ni se vendió en las tiendas. Tampoco la prensa o la crítica del país se dieron por enteradas. En definitiva, lo que para mí pudo haber sido una alegría resultó una decepción total. Yo anduve un tiempo dolido; pero luego decidí concentrarme en el mercado de mi lengua, seguir adelante con mi carrera y tratar de publicar en los países de habla hispana. Pensé que lo mejor que podía hacer era olvidarme definitivamente del mercado sueco, incluidos editores, lectores, periodistas y demás elementos de la vida literaria en el país.

Desde entonces he publicado unos cuantos títulos en los países de mi entorno lingüístico y de algún otro más allá. Con ellos he recibido varios premios literarios en España y uno en Puerto Rico. ¿Y Suecia? Bien, gracias. Tras la salida de "Naufragios" (Premio Ciudad de Badajoz y publicado por Algaida en 2002) le propuse el libro a varias editoriales del país en que vivo. Nada. Luego, a raíz de otros premios y otras publicaciones en España, he tratado alguna que otra vez de tocar a las puertas de los editores suecos. ¿La respuesta? Pues que ya tenían cubierta la cuota de traducción del español (bajísima, por cierto) con otros escritores de mi idioma. Son, por cierto, los mismos casi siempre, o sea, Isabel Allende, García Márquez y unos pocos más. Mi sentimiento actual es la indeferencia. Me importa tanto que me publiquen en Suecia como que no. Sólo que ese estado tiene fecha de caducidad. Si no se dan prisa, pronto pasaré a la siguiente etapa, es decir, no querré que lo hagan. ¿Despecho? Bueno ¿Resentimiento? Está bien, ¿y qué?

viernes 5 de febrero de 2010

Gente sin casa

Hace unos días apareció en un periódico de Estocolmo una noticia que, a mi juicio, merece ser conocida por el lector de este blog. Teniendo en cuenta las frías y prolongadas heladas que reinan en el país, la iglesia sueca decidió mantener sus puertas abiertas las 24 horas del día, de manera que las personas sin hogar puedan pasar la noche en el interior de los templos. No sé cómo será en otros países; pero, si no es así, la iniciativa podría servir de ejemplo. Ésta es, como suele decirse, la cara amable de la noticia. La menos simpática podía apreciarse en el breve reportaje sobre los “sin techo” que acompañaba la información. No recuerdo exactamente la cifra, pero de esa lectura supe que en la desarrollada y bondadosa Suecia los indigentes ocupan un lugar importante en las estadísticas de la vergüenza. Sólo en Estocolmo su número asciende a varios miles.

Triste, muy triste es la vida de quien no tiene un hogar para calentarse o un bocado de comida que llevarse a la boca. Estas personas han caído en desgracia y andan por la ciudad, desplazándose de un lado a otro como si fueran seres de otro mundo. Todo lo que poseen lo llevan consigo, y esos bienes materiales pueden encontrar lugar en unas o dos bolsas de plástico. Tal vez su cifra no sea tan alta, comparada con la de otros países. Pero son, están ahí, y en tiempos de intenso frío como el de estos días no saben qué hacer con su existencia. Si para cualquier persona el invierno está siendo una molestia enorme, si andamos ateridos por las calles, si nos hemos resfriado pese a tener hogar y comida caliente, cualquiera puede imaginarse lo que sufre la gente sin casa, ese ser humano que se revuelve en la intemperie sin saber dónde pasar la noche ni con qué calentarse el cuerpo.

De los testimonios citados en el reportaje me llamó la atención el de un muchacho de 27 años que llevaba seis viviendo en la calle. El chico había sido entrevistado en el interior de una de las iglesias de Estocolmo, donde se refugiaba temporalmente del frío. Si no me falla la memoria, las palabras con que respondió a la prensa fueron más o menos éstas: “Mi vida es una porquería. Yo nunca había pasado un invierno tan frío como éste. Pero lo peor de todo es saber que si yo fuera un animal, allá afuera habría seguramente un grupo de activistas de Greenpeace manifestándose por mí”. Así lo sintió y así lo dijo. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

jueves 4 de febrero de 2010

Larsson y Suecia

Quedará, sin duda, para los estudiosos de la Literatura indagar en las causas del planetario e incontestable éxito de la saga “Millennium”, de Stieg Larsson. Sería bueno apoyarse incluso en especialistas en sociología para tratar de entender el fenómeno de masas que han devenido los tres libros del malogrado escritor sueco. Resulta sencillamente imposible negar la evidencia de que sus novelas han sido capaces de impactar en la sensibilidad de millones y millones de personas en los más recónditos e insospechados rincones del Planeta. Millennium ha logrado secuestrar la atención y el favor de un público totalmente entregado a las aventuras de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist. ¿Por qué?

Para explicar la pasión con que ha sido recibida esta serie de novelas, habría que tener en cuenta varios factores. En primer lugar, la indiscutible capacidad del autor para exponer y narrar los hechos de su ficción. Descontada esta circunstancia, hay algo más, algo que no debería ser pasado por alto. Hablo de la fascinación que Escandinavia en general, y Suecia en particular, ha provocado siempre en buena parte del mundo situado al sur de sus fronteras. Para acreditar este hecho bastaría con citar el éxito del cuarteto ABBA durante los años que reinaron en el panorama de la música internacional. Quien no haya vivido en persona aquellos tiempos, puede coger algún vídeo y apreciar el modo de cantar –y, sobre todo, de estar sobre el escenario- de aquellos cuatro jóvenes suecos. Propongo al lector de este blog que vea una actuación suya y luego otra de cualquiera de las llamadas reinas o princesas del pop, o de los demás intérpretes del panorama musical actual. Seguramente notará las diferencias. A mi modo de ver y apreciar las cosas, ni estos chicos gesticulantes y alardosos de ahora, ni las provocativas muchachas que bailan casi sin ropa y se desarman ante las cámaras resistirían la menor comparación con el cuarteto sueco.

¿Cómo se traduce esto en la saga de Millennium? Pues, en gran medida, en el placer con que el lector mundial comprueba que Suecia no es el país de ensueño que el imaginario popular había conservado durante décadas en la memoria. De repente resulta ser que allí existen la corrupción, los vicios, las desigualdades y demás males que lastran a la mayor parte de las sociedades del planeta. Y ese componente de insana satisfacción hace un poco más atractiva la saga. En mi opinión, las exuberancias pueden dar buenos resultados. Sin embargo, ni Suecia ha sido nunca tan ideal como se suponía antes de aparecer Millennium, ni tan tremebunda como se la puede imaginar tras la lectura de la saga de Larsson. Sobre el tema, seguiré hablando en próximas entradas.

miércoles 3 de febrero de 2010

Afganistán

La pasada noche llegó a Barcelona el último español muerto en Afganistán. Esta vez se trata de un muchacho de 21 años, originario de Colombia. Era un inmigrante, lo cual confiere, si cabe, una dimensión mayor a la tragedia. Conozco de los españoles que caen en esa guerra (eufemísticamente llamada “misión de paz” en el país) gracias a los vínculos de todo tipo que me mantienen muy cerca de nuestra llamada “madre patria”. Al mismo tiempo, confieso que no estoy al día de las víctimas norteamericanas, seguramente a causa de la distancia geográfica y humana que me separa de ese otro país. Quizás también porque los españoles que caen en Afganistán son mucho menos y sus muertes son siempre un acontecimiento de gran repercusión mediática. Cada vez que ocurre alguna, la ministra de defensa en persona coge un avión y trae a casa los cuerpos de los soldados fallecidos.

Como a cualquier ciudadano del mundo, me preocupa Afganistán. En particular, me preocupa la actuación de los países occidentales en esta nación de Asia. Al principio, casi todo el mundo aprobó la intervención de los aliados en la guerra. Comprendíamos que era necesario dar una respuesta al monstruoso ataque del 11 de septiembre y extirpar del suelo afgano la semilla del terrorismo islamista. Ahora, después de ocho años de lucha, vemos que, contrariamente a lo que habría cabido pensar en sus inicios, la fracción enemiga está más fuerte que nunca. La democracia en el país brilla por su ausencia, igual que la igualdad de las mujeres y cualquier otra forma de progreso social.

Para poder llegar a alguna conclusión sobre la validez de muertes de jóvenes como este pobre chico colombiano que acaba de llegar en un féretro a Barcelona, sería bueno formularse algunas preguntas. ¿Puede Occidente mantener de manera eterna un ejército en todo superior a las fuerzas de los talibanes, pero envuelto y hostigado por ellos? ¿Será posible, en un futuro próximo, construir en suelo afgano un país verdaderamente democrático? Cualquiera que siga la actualidad internacional y se mantenga más o menos informado, deberá responder con negativas. ¿Qué hacer, pues, con Afganistán? Es imposible, desde luego, dar una respuesta categórica a esta última interrogante. Y no sólo porque este breve espacio no lo permitiría. Creo que ni siquiera un estudio más amplio sobre el tema podría acertar con una respuesta medianamente racional. Si alguien la conoce, le pediría compartirla.

martes 2 de febrero de 2010

Cubanos y cubanos

En demasiadas ocasiones pueden leerse u oírse frases peyorativas sobre los cubanos que se manifiestan abiertamente en contra del gobierno de su país. Lo menos que se dice de ellos es que están en contra de Cuba. Hace poco alguien afirmó en público que esas gentes odian a su patria, que son anexionistas y no recuerdo cuántas cosas más. Yo me pregunto el porqué de ese eterno afán de descalificar a quien piensa de otro modo. ¿Acaso los hijos de Cuba que andan dispersos por el mundo no tienen derecho a desear otro gobierno para su tierra? ¿Es el amor a Cuba patrimonio de quienes piensan de manera semejante a los dirigentes actuales de la Isla? ¿Por qué no se puede amar a Cuba y estar en desacuerdo con quienes rigen su destino desde hace 51 años?

Resulta del todo incomprensible cómo los funcionarios del gobierno cubano intentan una y otra vez hacer valer en el mundo la idea de que “Cuba” y “revolución” son sinónimos, que “patria” y “socialismo” son la misma cosa. Según sus palabras, quien no quiere a la una no ama a la otra, y quien no está por el socialismo está en contra de Cuba. Lo peor no es que los gobernantes de nuestro país incidan y reincidan en su discurso. Lo más triste, a mi juicio, es observar cómo personas que en su momento abandonaron el país suscriben esas descalificaciones. Es difícil entender por qué estos cubanos contribuyen a formar en la opinión pública mundial la falsa opinión de que los compatriotas que no comulgan con el programa político del gobierno de su país no aman –y hasta odian- a la tierra que los vio nacer. Quienes son capaces de lanzar tales acusaciones sobre sus hermanos de sangre (e incluso de destierro) podrán ser muy buenos amigos del gobierno de Cuba; pero ello en ningún caso significa que sean más o mejores cubanos que el resto de sus compatriotas exiliados.

domingo 31 de enero de 2010

¿Emigración o exilio?

Como seguramente hicieron muchos otros cubanos que viven dispersos por el mundo, en estos días estuve tratando de enterarme de qué se hablaba en la reunión celebrada en La Habana entre las autoridades de la Isla y los representantes de la llamada emigración cubana. No sé si a los demás compatriotas les habrá ocurrido lo mismo, pero el interés que me suscitaba el encuentro era bastante limitado. De todos modos, faltaría a la verdad si dijera que no le presté ninguna atención. Por muy poco que se crea en ese tipo de citas, no debe excluirse nunca que algún día una voz se levante de entre los invitados y proponga algo novedoso. Pues no. Nada de eso ocurrió esta vez, al menos que se sepa. Habrá que seguir esperando.

Según la declaración final del cónclave, los cambios relacionados con Cuba deben venir de fuera. Ninguno concerniente al escenario sociopolítico ni económico del país. Las frases utilizadas, desde la primera a la última, son las mismas que durante decenios ha enarbolado el gobierno totalitario de la Isla. Si al menos hubiéramos tenido noticia de una propuesta real, de una crítica a la política económica de los hermanos Castro, si se hubiera conocido algún vestigio de pensamiento independiente por parte de los visitantes, habría habido algún motivo para la esperanza. Pero en lugar de ello, los 450 invitados a esa reunión de amigos dedicaron al parecer su tiempo a condenar a gobiernos y organizaciones que no se pliegan a la voluntad de los gobernantes cubanos. Digo “al parecer” porque nada ha trascendido de los debates, si es que hubo alguno. Desconocemos, además, hasta la lista de asistentes. Si estas personas quieren hablar en nombre de quienes viven fuera de su patria, deberían al menos darse a conocer. Yo creo –sin la menor intención de acumular cuentas para el futuro- que sería muy interesante saber quiénes son esos compatriotas que dicen representar a la mayoría de los cubanos residentes en el extranjero.

Quise ilustrar esta entrada con alguna imagen del evento; pero apenas existe alguna. Las que pude encontrar en la prensa oficial cubana son demasiado pequeñas. Por eso me vi precisado a echar mano de la que aparece más arriba. Es poco probable que alguno de esos navegantes estuviera presente en el foro; pero ellos son también cubanos residentes en el exterior. Aunque no sé si se tendrán a sí mismos por emigración o por exilio.

viernes 29 de enero de 2010

Salinger

En estos tiempos de escritores que llenan con su presencia las pantallas de la televisión o las páginas de la prensa escrita, hablar de Jerome David Salinger es como desempolvar una rareza y exponerla de repente a la luz del sol. El hombre que murió ayer en New Hampshire a la edad de 91 años es el autor de una de las novelas más importantes de la literatura norteamericana del siglo XX. No voy a escribir aquí una crónica sobre la vida o la obra de Salinger. Ni el espacio ni el tiempo me lo permitirían. Diré sólo que la novela a la que me refiero se titula "The catcher in the Rye” y su aparición bastó para cubrir de gloria a su autor. Esta obra vio la luz en 1951 y de ella se han vendido unos 60 millones de ejemplares a lo largo y ancho del mundo. En Cuba fue publicada con el título “El guardián en el trigal”, mientras que en España se la conoce como “El guardián entre el centeno”. Nunca podré olvidar la pasión con que la leí, ni las emociones que despertó en mí, que por entonces era un joven aspirante a escritor.

Como dije antes, resulta imposible recoger en este espacio los momentos más importantes de la vida de Salinger. Después de su primer éxito, publicó algunos otros libros, aunque ninguno tuvo el efecto que había logrado con “El guardián...” Tras la aparición de esta novela, Salinger se retiró a una granja, donde vivió apartado del mundo durante el resto de sus días. Por lo contrario a lo que suele ocurrir con sus colegas del ambiente literario, huyó de la prensa y de las cámaras de televisión. Sin duda, esto ha contribuido a que “El guardián...” se destaque con mayor fuerza, si cabe, entre la marea de títulos que inundan los estantes en las librerías del mundo. Como no podría dejar pasar el acontecimiento sin reflejarlo en este blog, aunque fuera de manera escueta, quiero invitar a mis lectores a leer a Salinger. Por lo pronto, a aquéllos que no lo conozcan les recomiendo acercarse a alguna librería o biblioteca y conseguir la novela de la que he hablado en esta entrada. Estoy seguro que quienes se animen a hacerlo, disfrutarán enormemente con la lectura del libro.

jueves 28 de enero de 2010

El español en los Estados Unidos

No seré yo quien ponga en cuestión la salud del español en los Estados Unidos. Creo, no obstante, que los hispanohablantes que vivimos diseminados por el mundo en ocasiones nos hacemos una imagen demasiado ideal de la fuerza de nuestra lengua en esa nación de Norteamérica. Se dice con cierto orgullo que allí viven entre 40 y 45 millones de personas que tienen el español como lengua materna. El problema es que en este asunto, como en otros muchos, se exagera un tanto. Y trataré de demostrarlo aquí.

Es cierto que la primera generación de las personas que llegan a vivir en territorio norteamericano sigue hablando el español en casa. Ése es el caso de los cientos de miles de cubanos del sur de la Florida. Y también el de sus hijos. Éstos, sin embargo, estudian en inglés y, por tanto, con el tiempo llegan a escribir y leer con mucha más facilidad en esta lengua que en la de sus padres. Además, y esto es esencial, emplean el inglés para comunicarse con sus coetáneos. Al cabo de unos años, los hijos de estos jóvenes ya no usarán para nada el español, ni en casa ni en la escuela. Quizás entiendan y hablen algo; pero no pueden escribir. Siempre habrá excepciones, desde luego; pero, en general, aquí termina la vida del español de la familia en los Estados Unidos. Si nuestro idioma se mantiene vivo en el país, es gracias a las nuevas oleadas de inmigrantes latinoamericanos. Éstos –o, mejor dicho, sus descendientes- recorrerán el trayecto lingüístico que he enunciado más arriba. Los especialistas, sin embargo, los siguen considerando hispanohablantes.

Lo que he escrito antes lo intuía desde hace tiempo, a partir de mis visitas a Miami. Pero lo he podido corroborar personalmente en mis entradas diarias a la red de contactos conocida como Facebook. Como me dijo hace unos días Manuel Vázquez Portal, lo que se escribe ahí puede ser leído por todo el mundo. Es cierto. Y también lo es que la comunicación entre mis amigos jóvenes (y no tan jóvenes) cubanos que viven en los Estados Unidos ocurre casi siempre en inglés. En principio, lo primordial es comunicarse, no importa en qué idioma. Pero, así y todo, si yo estuviera en la piel de algún político cubano del sur de la Florida, trataría de hacer algo para que las nuevas generaciones de cubanos en aquel país pudieran expresarse por escrito en nuestra lengua. Quizás propusiera más horas de español en las escuelas, o tal vez cursos dirigidos. No sé; pero pienso que un patrimonio tan importante como la lengua que nos legaron nuestros padres no debería desaparecer del acervo de la comunidad, como parece estar ocurriendo entre los cubanos de los Estados Unidos. Quien lo dude, que eche un vistazo a Facebook.